miércoles, 11 de noviembre de 2009

Por primera vez en la escena


Cuarto oscuro y ¡oh! curiosidad que devoraba a gran escala aquella mi atención, aquellos mis sentidos abiertos a lo nuevo; en conciencia de todo lo que podría generar la novedad, la tranquilidad hizo gala en mi organismo, besó a la hiperactividad y fue agarrando pedazo a pedazo aquello que se llama concentración y si… ahora caigo en cuenta de lo maravilloso que fue observar todo con tanta paz; porque de otro modo no hubiese sido posible arrestar la magia de una angelita que palabra a palabra cansaba su mandíbula joven y apetitosa, y qué decir de su forma de mirar, de imaginar, de recordar, en síntesis de soñar; hubo tal conexión con el palpitar de su abdomen con el que suelo tener cuando los nervios me invaden que desde allí supe estar en donde debía estar…

2 comentarios:

  1. Publicas un exelente texto descriptivo que, además deja entrever el problema fundamental que descubre la protagonista para el espectador: las ganas de vivir que se aparecen entre oscuros callejones llenos de salsa, cines (oscuros también) y una sociedad que cubre con un manto de hipocrecia sus propios miedos.

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